Los abogados no tenemos buena fama en el mundo de las profesiones humanistas. Es probable que muchos filósofos, sociólogos, historiadores y literatos miren con recelo nuestra manera de aproximarnos a los problemas, tildándola de rígida, severa, falta de inspiración y ciega a los infinitos matices y recovecos que se descubren en el pensamiento, las emociones y las relaciones humanas. El propio ministro de la Corte Suprema de Estados Unidos, Antonin Scalia, señaló que el principal negocio del abogado es arrancar el romance, el misterio, la ironía y la ambigüedad de todo lo que toca. Una vez conocí a un arquitecto que había abandonado la carrera de derecho en tercer año porque, en sus palabras, se había cansado de que lo obligaran a memorizar el manual de la lavadora.

El objetivo de nuestra sección Más allá de la ley, de la cual ésta es su columna inaugural, es abrir una pequeña ventana de oxígeno y esperanza para aquellos jueces, abogados y estudiantes de derecho que, sentados frente a un reglamento, mueren de ansiedad por saber cómo sigue la novela que la noche anterior dejaron a medio camino. Sentimos como ellos. Así, como prueba de nuestro compromiso con el pensamiento y la belleza, hemos querido usar un símbolo de la cultura clásica como logo institucional. En efecto, el plumífero que inspira nuestra marca no es uno cualquiera, sino que la mismísima lechuza de Atenea. Su vínculo con el quehacer de los tribunales de justicia es más sustantivo que lo que se podría llegar a creer a primera vista. En esta columna nos hemos propuesto exponer la historia que subyace a nuestra imagen corporativa.

 

Palas Atenea, la de ojos de lechuza

Ciertamente, todos saben que Atenea era la diosa griega de la razón y la sabiduría. Menos están al tanto de que la patrona de Atenas era también la diosa de la guerra. Si bien Ares es el dios de la valentía y los soldados, la inteligente Atenea era tenida por los griegos como la diosa de los generales y la estrategia militar. Lo anterior tiene mucho sentido, habida cuenta de la dimensión fría, argumentativa, previsora, calculadora y, por lo tanto, bélica del logos helénico. Nacida de un hachazo de Hefestos en la frente de Zeus, Atenea era literalmente la hija de la mente de su padre, de quien heredó su poder y su inteligencia:

A Palas Atenea, ilustre diosa, comienzo a cantar,
la de ojos de lechuza, rica en industrias, que un indómito corazón posee,
doncella venerable, que la ciudad protege, valerosa,
Tritogenia, a la que solo engendró el industrioso Zeus
en su santa cabeza, de belicosas armas dotada,
doradas, resplandecientes.[1]

Estos atributos —razón y fuerza— definen un tercer ámbito al que los griegos asociaban la figura de Atenea y que a nosotros usualmente se nos escapa: la justicia. Por supuesto, los griegos adoraron tradicionalmente a Diké como diosa de la justicia, pero es Atenea quien establece la justicia entre los hombres. En efecto, en los albores del sistema de gobierno democrático, el trágico Esquilo sustrajo la justicia del poder de Diké y se lo entregó a Atenea, la patrona de la ciudad que realizó este singular experimento político. Acaso debemos leer en ello un acto de propaganda. Como fuere, lo cierto es que Esquilo llevó a cabo una profunda reflexión acerca del rol que le cabe a la justicia en las sociedades democráticas.

 

La tragedia de Orestes

La Orestíada es una trilogía de tragedias compuestas por Esquilo, cuya hilo central es una cadena de asesinatos que llega a su fin gracias al restablecimiento de la justicia en el Areópago de Atenas. Cuando el rey Agamenón marcha a la guerra de Troya, se ve obligado a detenerse por falta de viento, necesario para hacer avanzar las naves. Entonces, ruega el favor de los dioses sacrificando a Ifigenia, su propia hija. Años después, vuelve victorioso de la guerra, pero su mujer Clitemnestra le espera en casa y, junto a su amante Egisto, matan a Agamenón. Orestes, el hijo de Agamenón y Clitemnestra, acude al Oráculo de Delfos para pedir consejo. Allí, el dios Apolo le ordena vengar el asesinato de su padre. De este modo, Orestes da muerte a su madre Clitemnestra, con lo cual honra la tradición en cuya virtud la venganza debía provenir desde la misma familia agraviada. El problema es que Orestes ha cometido un crimen contra su propia sangre. Las Furias —diosas de la venganza—  están encolerizadas y quieren castigar al parricida.

Se presenta, entonces, un conflicto trágico en que las fuerzas de la venganza tironean hacia lugares opuestos. El tema no es nuevo. Ya antes el rey Príamo se había presentado ante Aquiles para rogar que le devolviera el cuerpo de su hijo Héctor, a quién el héroe había dado muerte para vengar a su favorito, Patroclo. Al ver las lágrimas del viejo Príamo, Aquiles se compadece y le devuelve el cuerpo de su hijo. Con ello, acaba la cadena de la venganza y restablece la justicia. Pero en el caso de Orestes, muerta Ifigenia, muerto Agamenón, muertos Egisto y Clitemnestra, ¿quién podrá otorgar el necesario perdón?

Por otra parte, el conflicto normativo es distinto que el que aqueja a Antígona. En la tragedia de Sófocles, Antígona decide darle entierro a su hermano Polinices, contrariando la sentencia del rey Creonte, quién había ordenado que Polinices quedara insepulto. Antígona desobedece al rey e invoca la ley divina, en virtud de la cual se debe dar sepultura a los muertos. El caso supone un conflicto entre dos normas de distinto rango: la ley de los hombres y la ley de los dioses, poniendo en entredicho la legitimidad de la primera cuando no se ajusta a la segunda. Orestes, en cambio, se encuentra en una situación distinta, puesto que la orden de vengar a Agamenón le vino directamente de Apolo, contrariando por otra parte a las Furias. Los propios dioses están en desacuerdo y nadie sabe cómo ha de juzgarse al héroe.

 

El Areópago, primer tribunal de justicia bajo un régimen democrático

Orestes decide huir hacia Atenas, suplicando ayuda. En respuesta, Atenea, protectora de la ciudad, establece un tribunal en el Areópago, la colina de Ares en donde previamente se reunía la aristocracia. De este modo, la diosa respeta la tradición: no se desentiende de la sabiduría histórica del pueblo de Atenas sino que preserva el antiguo lugar del poder aristocrático, otorgándole un nuevo rol bajo el régimen de la democracia. Pero, al mismo, este gesto es un símbolo del triunfo de la democracia por sobre la oligarquía, a la cual reemplaza en el locus mismo donde ésta ejercía el poder. Como fuere, el tribunal absuelve a Orestes, con lo cual detiene la infinita sucesión de asesinatos. Así plantea Atenea el problema:

“El asunto es bastante serio para que un mortal piense juzgarlo. Tampoco a mí la ley divina me permite hacer justicia en el caso de un asesinato, que acarrea la rápida ira de las Furias. Sin embargo, tú has llegado a mi morada como puro e inocente suplicante tras haber realizado los ritos adecuados y te respeto de este modo porque mi ciudad nada puede reprocharte. Pero tienen aquéllas  [las Furias] una misión que no permite obviarlas fácilmente. Y si no tienen éxito en su afán, descargarán inmediatamente sobre este país la ponzoña de su resentimiento: una horrenda y definitiva plaga que caerá sobre la tierra. Así están las cosas. Ambas actitudes, admitirlas o rechazarlas, son inevitablemente desastrosas para mí. Pero dado que este problema se ha presentado aquí, yo elegiré y tomaré juramento ante unos jueces para los homicidios, y estableceré una institución que durará eternamente. En cuanto a vosotros, convocad los testigos y las pruebas que bajo juramento sustentarán el juicio. Regresaré cuando haya seleccionado a lo mejor de mis ciudadanos para que diriman con veracidad esta querella gracias al juramento que prestan de no fallar nada contrario a la justicia”.[2]

El texto es fascinante. En primer lugar, tenemos a uno de los documentos fundacionales de la democracia anunciando al que será el problema central de dicho régimen político en los siglos venideros: la existencia de visiones discordantes y contradictorias sobre la justicia. En las sociedades no democráticas un orden fijo e incuestionable establece el contenido de lo justo. La justicia misma no es objeto de controversia y a lo sumo se discutirá cómo debe aplicarse en un caso concreto. En cambio, el régimen democrático abre el espectro ideológico. No existe ya una sola visión acerca de qué es lo justo, representada ya sea por la necesidad tradicional de vengar los crímenes de sangre o bien por la prohibición del parricidio. “Ambas actitudes —dice Atenea— admitirlas o rechazarlas, son inevitablemente desastrosas para mí”. La democracia ha traído sobre los asuntos humanos una pluralidad de puntos de vista que son contrastados y pesados por medio de la deliberación. Se hace imposible imponer un discurso simplificador que haga caso omiso de las diferentes miradas sobre los problemas humanos, porque el equilibrio de poder que se expresa en los órganos deliberativos como el Ágora o el Areópago otorgan a cada parte la facultad de defender sus posiciones. De este modo, la conciencia sobre las complejidades y desencuentros inherentes a la vida social, particularmente en su dimensión normativa, está en el corazón de la noción occidental de justicia y debido proceso.

Un segundo aspecto dice relación con el origen divino de la justicia. El desacuerdo acerca de lo justo no se da sólo entre los mortales, sino que también entre los dioses. Ni siquiera la propia Atenea está segura de cómo debe resolverse. No obstante, se debe hacer justicia —aquí es donde los procesalistas murmuran: “…en virtud del principio de la inexcusabilidad…”— y los jueces tienen que jurar que no fallarán contra ella. La justicia se plantea como un ideal con cierta objetividad más allá del mero equilibrio de poderes. Si los jueces cumplen el juramento, la institución de los tribunales durará eternamente. Si no, entonces la venganza, representada por las Furias, descargará la ponzoña del resentimiento y una horrenda y definitiva plaga caerá sobre la tierra. En otras palabras, los jueces caminan sobre una delgada línea: como mortales, son partícipes del desacuerdo y la confusión, estado del que ni siquiera los dioses se están exentos. Sin embargo, deben fallar conforme a un estándar que está por sobre ellos mismos: el estándar de la justicia, que mantiene la vigencia del pacto social e impide que las partes se arrojen unas sobre otras en busca de revancha. De los jueces depende que el resentimiento no se apodere de la ciudad, instaurando ya sea el despotismo o la anarquía.

La guardiana de este pacto es, por supuesto, la propia Atenea, que se aparece ante los mortales en forma de lechuza. Como ave nocturna, la mirada de la diosa atraviesa la oscuridad, en busca de ratones y otros animales nocturnos. Atenta y flexible, su cabeza es capaz de girar en todas las direcciones. “Yo amo a los hombres como el hortelano a las plantas, y quiero que la semilla de los buenos no se dañe con la mala hierba de los malos” hace Esquilo decir a la diosa. Entonces, los jueces que honran sus deberes, fallan con ecuanimidad y sin ánimo vengativo, sienten la protección que la diosa les provee cada vez que una lechuza se les cruza en medio de la noche. Los demás deben moverse con cautela, porque la belicosa Atenea es benefactora de los hombres y, para protegerlos, cuenta con el poder de las armas y el ingenio.

 

[1] Himno Homérico 28º, c. s. VII a. n. e., traducción de  J. Torres.
[2] Traducción de Emilio Díaz Rolando.

Tucídides
Militar e historiador griego, Tucídides es considerado el padre de la historiografía científica. Su obra no se limita a narrar los hechos, sino que busca entender las razones y causas que los produjeron, sin referencia a los dioses. Observó la relación entre las naciones poniendo la mirada en los equilibrios subyacentes de poder, indagando también en las motivaciones de sus líderes. “La mayoría de la gente —pensaba Tucídides— no se molestan en averiguar la verdad, sino que aceptan el primer cuento que escuchan”.