Cuando la mamá dice que no, el papá no puede decir que sí. Tampoco puede decir “yo te diría que sí, pero mejor hazle caso a tu mamá”. La autoridad de los padres depende, entre otros factores, de la unidad de criterio que muestran frente a los hijos.

Pues bien, cuando analizamos las tasas de disidencias y prevenciones del Tribunal Constitucional (TC) nos encontramos con una crisis matrimonial al borde del divorcio. En efecto, durante el año 2018, apenas un 13% del total de sentencias consiguió aunar a la totalidad de los ministros. Por otra parte, el 52% de las sentencias tienen prevenciones. Y, en conjunto, disidencias y prevenciones representan casi la mitad de la extensión promedio de las sentencias del TC. 

Sin embargo, es natural que el órgano acoja distintas visiones políticas y jurídicas, por cuanto sus decisiones tienen efectos importantes para el funcionamiento de nuestro orden democrático. De ahí que haya un interés natural y legítimo en entender el funcionamiento interno y los patrones de votación del Tribunal Constitucional. Los ciudadanos no somos niños y los ministros del TC no son nuestros padres. 

Por lo tanto, en ningún caso se defiende el secretismo de las decisiones. Nuestro Tribunal Constitucional sigue la norma de los países latinoamericanos, que no obstante adscribir al modelo del derecho civil, publica las votaciones de los tribunales. Está bien que así sea. 

Con todo, una cosa es la publicidad de las votaciones y otra distinta es la disposición de los jueces para buscar los acuerdos, dentro de cierto margen, o, por el contrario, de insistir en sus posiciones. Y si bien es positivo que se publiquen las votaciones de los ministros del TC y es normal que ocurran disidencias en su interior, las actuales tasas de desacuerdo y la consecuente complejidad de las sentencias parecen ser excesivas. 

Por definición, las decisiones del Tribunal Constitucional se debaten entre dos alternativas. O bien protege los derechos fundamentales y el orden constitucional, contraviniendo la voluntad de la mayoría; o bien confirma la voz de la mayoría democrática, desatendiendo un reclamo de inconstitucionalidad o de protección de los derechos fundamentales. De aquí que sus decisiones sean de la mayor importancia. 

Haciéndose cargo de lo anterior, las decisiones del TC destacan por su profundidad y desarrollo, encontrándose muy por sobre el común de las sentencias de la justicia ordinaria. Sin embargo, es cuestionable que, en una muestra de 89 sentencias dictadas durante 2018, en 77 ocasiones al menos uno de sus miembros opine que la decisión es equivocada; que, en 53 de estas ocasiones dicho número ascienda a tres o cuatro disidentes; y que, incluso cuando los ministros concurren al voto de mayoría, en 46 ocasiones no puedan reprimir expresar alguna discrepancia con el contenido del fallo formulando prevenciones. 

Desde luego, es inevitable que las votaciones del TC tengan una cierta tendencia a la dispersión, porque no es raro que resuelvan cuestiones políticamente controversiales, pero el Tribunal Constitucional no puede limitarse a reiterar las divisiones que observamos en el foro político. Precisamente, el sentido de los tribunales colegiados es generar un espacio de deliberación donde los ministros puedan contrastar argumentos y consensuar posiciones, bajo criterios jurídicos. Se trata, en definitiva, de un asunto de cultura institucional. 

¿Cómo es la cultura de nuestro TC? Imposible saberlo a ciencia cierta. Para ello, habría que presenciar sus sesiones. Pero si atendemos a los resultados numéricos, es legítimo sospechar que la búsqueda de una voz común no es una tarea a la que nuestro Tribunal Constitucional asigne mucho valor. Es esperable y razonable que haya disidencias y prevenciones, pero cuando estas son la regla en vez de la excepción, cabe preguntarse si los ministros dialogan o se limitan a expresar su posición propia, en lo que acaba siendo un mero ejercicio aditivo. 

En definitiva, la unanimidad no puede forzarse y, menos aún, fingirse. Es normal que haya diferencias y es sano que se publiciten. Pero como bien saben los padres, cuando las cosas van mal en la pareja, los niños se dan cuenta de todo.

José Miguel Aldunate