Merecen atención las palabras sobre la crisis social que pronunció el presidente de la Corte Suprema, el ministro Guillermo Silva, en su discurso inaugural del año judicial. Su emplazamiento a legislar sobre las materias que producen conflicto social, y su llamado a que los actores políticos a generar acuerdos dentro del respeto a la separación de poderes, fueron pronunciadas en tono tranquilo e institucional, lo cual es una virtud en un juez.

Sin embargo, en sus palabras queda abierta una pregunta, a mi juicio, fundamental: ¿cuál es el rol del Poder Judicial en este tiempo decisivo para nuestra democracia? La respuesta, quizás, está en una lejana clase de Derecho, donde el profesor repetía mecánicamente del manual que: “el fin de los tribunales de justicia es asegurar la paz social”. Esas palabras que en su momento fueron dichas sin mucho énfasis, hoy adquieren una importancia significativa.

Así la pregunta obvia es ¿de qué manera los tribunales aseguran la paz social? En el diálogo La república, Platón afirma que la mayor causa de cohesión y estabilidad en una sociedad es que los ciudadanos compartan la misma comunidad de penas y alegrías, es decir, que se alegren o entristezcan por los mismos acontecimientos. Al contrario, cuando en una sociedad unos se alegran, por lo que entristece a otros, se genera un quiebre en la paz de la polis.

Esta aguda observación de Platón parece obsoleta para nuestra sociedad contemporánea, donde la pluralidad de modos de vida y formas de comprender el mundo hacen prácticamente imposible una comunidad de alegrías y penas. Basta como ejemplo los contrapuestos sentimientos que generan las temáticas medioambientales. Sin embargo, hay un núcleo en la tesis de Platón que podemos rescatar para entender el rol de los tribunales en la actual crisis: que la cohesión y paz social necesitan de un lugar de encuentro, un lugar donde nos reconocernos como parte integrante de una sociedad. En la sociedad moderna, la comunidad de alegrías y penas ha sido sustituida por lo comunidad de las leyes.

En efecto, la comunidad de leyes crea un mundo común que posibilita la paz social. La convivencia de los hombres que estaba unida por los sentimientos, ahora está, al menos, armonizado por la ley. Porque las leyes son el resultado de una discusión en el Congreso, donde se ponderan y equilibran -en lo posible- los distintos y contrapuestos intereses que habitan en la sociedad moderna. En otras palabras, la existencia de ese suelo común legal establece los límites y conductas que armonizan los conflictos propios de la vida social. Sin ley el conflicto queda entregado a un individualismo violento que destruye toda convivencia.

Por eso, cuando la comunidad legal es desconocida y transgredida, como está ocurriendo en nuestro país, surge la necesidad de restablecer el orden, y es aquí donde los tribunales juegan su rol central para mantener la paz social: proteger la existencia y cumplimiento de la ley, y, así, asegurar el suelo común que permite la convivencia pacífica. Por tanto, en momentos que la violencia desatada intenta destruir nuestra institucionalidad legal, los tribunales de justicia son el resguardo de ese suelo común, que por muy cuestionado que éste, es el único que tenemos de momento para asegurar una armonía social que nos lleve a construir un país mejor. Así de cara a la crisis lo que más necesitamos son jueces apegados a ley, y alejados de todo activismo que busque hacer justicia material por sus propias manos.

Juan Francisco Cruz

Voces La Tercera